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Tensiones de corto y largo plazo, el dilema argentino

En la última semana, la economía argentina volvió a estar marcada por la tensión cambiaria. Las nuevas medidas del Banco Central de la República Argentina (BCRA) y el esquema de liquidación de divisas del agro configuraron un escenario en el que reapareció la brecha cambiaria, ahora bajo la forma del denominado “dólar puré”. Al mismo tiempo, las expectativas de los agentes económicos se trasladan hacia el mediano y largo plazo: el interrogante central no es únicamente cómo contener la demanda en el corto plazo, sino cómo garantizar el financiamiento externo necesario para afrontar los compromisos de deuda de los próximos años.

Corto plazo: arbitraje y brechas cambiarias

La Comunicación A 8336 del BCRA limitó la operatoria que permitía arbitrar entre el dólar oficial y los financieros mediante bonos. Lo que hasta hace semanas era un “rulo” reservado a pocos actores, se transformó en un “puré” disponible para cualquier ahorrista: adquirir dólares al tipo de cambio oficial y revenderlos en el paralelo. En términos financieros, se trata de un arbitraje cambiario, es decir, la explotación de diferencias de precio de un mismo activo en distintos mercados. En condiciones de libre acceso a divisas, estas diferencias tienden a desaparecer; bajo controles de capital, las distorsiones persisten y generan rentas artificiales.

Es importante subrayar que el cepo no fue levantado en abril de 2025, sino parcialmente flexibilizado. Las personas físicas ganaron acceso al mercado oficial, pero las restricciones para las empresas (particularmente para girar dividendos y acceder a divisas) se mantuvieron vigentes. Ello explica que la brecha se redujera a niveles menores al 5,0% entre abril y septiembre, sin llegar a desaparecer por completo.

Los datos al viernes 3 de octubre ilustran esta dinámica: dólar oficial a $1.450, MEP a $1.494, Contado con Liquidación a $1.540 y dólar blue en $1.450 (antes de la apertura). La brecha entre el CCL y el oficial se ubica en 6,2%, mientras que entre el MEP y el oficial ronda el 3,0%. (Según datos de La Nación)

El flujo extraordinario del agro, favorecido por la eliminación transitoria de retenciones, permitió al Tesoro adquirir en septiembre unos USD 2.200 millones sobre un total liquidado de USD 3.600 millones. No obstante, el beneficio de esta medida se distribuyó de forma desigual: en contratos cortos el reparto fue equitativo entre productores y cerealeras, pero en operaciones más extensas el beneficio se inclinó hacia las grandes comercializadoras (75,0% vs. 25,0%). De este modo, el refuerzo de reservas vino acompañado de un sesgo regresivo en la distribución del ingreso dentro de la cadena agroexportadora.

Mediano y largo plazo: la cuestión del financiamiento y el frente político

Más allá de la coyuntura cambiaria, el centro de las preocupaciones se traslada a la capacidad del Gobierno de acceder a financiamiento externo. Como señalan diversos informes, la lógica que guía al mercado es clara: “Show me the money”. Las declaraciones de apoyo a la gestión, como las realizadas por Scott Bessent, produjeron un breve rally que redujo el riesgo país a 900 puntos básicos, pero en pocos días el indicador volvió a 1.200. El mercado ya no reacciona a gestos políticos, sino a señales concretas de recursos disponibles.

En este contexto, las elecciones de medio término se presentan como un factor adicional de incertidumbre. Hace apenas seis meses, un triunfo del oficialismo nacional parecía un escenario casi asegurado. Hoy, en cambio, esa expectativa se ha desdibujado producto de la combinación de errores no forzados y la incertidumbre económica. Aun así, el oficialismo conserva altas probabilidades de ser competitivo: cuenta con candidatos con sello propio en todas las provincias, lo que le asegura estructura territorial. El desenlace dependerá en buena medida del peso que logren las fuerzas provinciales ajenas a La Libertad Avanza y Fuerza Patria, que podrían inclinar la balanza.

Aquí aparece un dilema estratégico: El Gobierno eligió “plebiscitarse” en una elección de medio término luego de dos años de ajuste, lo que constituye, al menos, una apuesta arriesgada. Con solo garantizar un tercio de representación en el Congreso ya aseguraría capacidad de gobernabilidad; no era estrictamente necesario arriesgarse a una validación electoral total. La consecuencia de esa decisión ha sido reforzar la discrecionalidad económica con medidas de corto plazo, diseñadas más para sostener expectativas políticas que para garantizar consistencia macroeconómica.

La otra vía posible de financiamiento es un respaldo explícito de Estados Unidos. Se ha discutido la posibilidad de un canje de monedas por USD 20.000 millones con el BCRA, que implicaría un swap y no un desembolso directo de recursos. El propio Bessent aclaró que no se trata de “poner dinero en la Argentina”, sino de habilitar líneas contingentes. Milei, por su parte, sugirió que la asistencia podría incluir compras de deuda argentina en el mercado secundario o incluso en el primario. Sin embargo, estas versiones se ven condicionadas por la coyuntura política de Washington, con un gobierno enfrentando un “shutdown” y críticas internas por dedicar atención a Argentina en lugar de a sus propios problemas fiscales.

Mientras tanto, los números son contundentes: hasta 2027, el país enfrenta vencimientos por USD 33.900 millones entre bonistas, repos, FMI y Club de París. Para administrarlos, el Gobierno ha recurrido a ventas de futuros (posición neta negativa de USD 6.500 millones), emisiones de títulos dólar linked por USD 2.980 millones y recompras puntuales de reservas. Se trata de mecanismos costosos y de alcance limitado, difíciles de sostener sin apoyo externo.

Conclusiones

La dinámica actual revela una política monetaria discrecional que responde a las urgencias del calendario electoral antes que a la necesidad de construir un marco sostenible. La venta de futuros, la expansión de pasivos atados al dólar y las intervenciones cambiarias operan como soluciones de corto plazo, pero no constituyen un ancla de estabilidad duradera.

En mi opnión: Se vuelve imprescindible avanzar hacia un esquema más rígido y previsible en lo monetario. Una eventual liberación del tipo de cambio (aunque implique validar un nivel más alto) podría contribuir a reducir distorsiones e incentivos al arbitraje. Del mismo modo, se vuelve necesario rediscutir la estructura impositiva, de modo de garantizar ingresos fiscales sin comprometer la producción ni la inversión.

Si bien el pass-through sigue mostrando un comportamiento acotado (la inflación de alta frecuencia en septiembre se mantiene en torno al 2,0% mensual), este dato positivo no debería ocultar la fragilidad del esquema actual. La calma cambiaria lograda en estas semanas corre el riesgo de ser apenas transitoria si no se avanza hacia una estrategia integral de estabilización y financiamiento.

En definitiva, la economía argentina se encuentra ante un dilema clásico: ganar tiempo con arbitrajes y controles, o asumir el costo de reformas que permitan sostener un sendero de estabilidad en el mediano y largo plazo.

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